El avión surcaba las nubes de regreso a casa, y los niños estaban sentados junto a la ventanilla, con los ojos brillantes de emoción y las manos llenas de tesoros. Alessandro sostenía con cuidado una pequeña maceta con la flor plateada y dorada que había descubierto en el jardín, mientras Eric guardaba un puñado de semillas que Luna le había regalado.
—Mamá, mira —dijo Eric, mostrándome las semillas con orgullo—. La tía Luna me dijo que estas semillas crecerán si las plantamos con amor.
—Y yo t