Genesis
Helena alza la cabeza.
—Mi rey, la herida—
—Dije fuera.
Isolde no se mueve.
—No seas idiota.
—Puedo manejarlo.
—Sí, ya lo vimos. Te manejaste estupendamente hasta el vestíbulo.
La tensión entre ambos es tan vieja y afilada que por un segundo casi me aparto por puro reflejo.
Casi.
Porque entonces Cassian hace algo todavía peor para mi paz mental.
Me mira.
Solo a mí.
—Quédate tú —dice.
Helena parpadea. Isolde también.
Yo me quedo inmóvil.
—¿Qué?
—Quédate.
Hay sangre en su voz ahora. No de