Después de que las mujeres me volviera a bañar, me vistieran, me peinaran y me arreglaran, Erik me cogió del brazo marchandonos de ese apestoso cuarto hasta el exterior donde había un vehículo aparcado en la misma puerta de aquella casa, no sé cuántos kilómetros recorrimos hasta que llegamos a una vivienda de dos plantas con portero automático. Cuando se abrieron las puertas y el coche entró, aparcaron a un lateral de la casa bajando Erik y yo solamente del coche dirigiéndonos hacia el interior