Al salir del despacho de su padre, Franco lo hace con el ceño ligeramente fruncido, no porque haya llegado a tener algún intercambio de palabras delicado con Alistair, sino porque sigue dándole vueltas en su cabeza a las palabras de su progenitor. Cierra la puerta con suavidad, más que por una cuestión de respeto, lo hace para que la pesadez de la conversación se quede dentro de aquel espacio y no lo acompañe por el pasillo, pero la sensación persiste, instalada en su pecho como una incomodidad