Escuchar su nombre pronunciado con esa mezcla de entrega, emoción y placer hace que Franco se detenga apenas el tiempo suficiente para levantar la cabeza y buscar la mirada de Siena; al encontrarla, no tarda en notar que sus ojos están vidriosos, empañados de placer. Su pecho sube y baja con dificultad al respirar de forma entrecortada; solo esos gestos le alcanzan para convencerse de cuán hermosa es y de que solo con ella puede sentirse el dueño del mundo.
«Mía…» —es el pensamiento que cruza p