El lago se extiende ante ellos como un espejo inmóvil, apenas alterado por la suave brisa que recorre la superficie y dibuja ondulaciones lentas, casi imperceptibles. Al otro lado de Ravenshield, lejos del movimiento constante de la casa y de las voces que se cruzan en los pasillos, ambos observan el paisaje guardando un momento de silencio.
Franco se encuentra de pie en la orilla, con las manos en los bolsillos del abrigo y la mirada fija en el agua. A su lado, Alexander revisa las piedras en el suelo hasta conseguir la que necesita y la lanza con la precisión de quien está acostumbrado a ese juego. Observa cómo la piedra rebota una, dos, tres veces antes de hundirse definitivamente en el agua.
No hay prisa entre ellos. Todo en sus movimientos transmite una calma que contrasta con el ritmo acelerado que domina Ravenshield ese día.
—¿Estás nervioso? —pregunta después de unos cómodos minutos de silencio, su vista en ningún momento se apartar del lago.
Alexander gira ligeramente el rost