Kirsteen no sabe explicar qué es lo que más la aterra, si las palabras de su madre o la frialdad y la maldad tan pura con la cual estas son dichas. Pero lo cierto, es que estas son suficientes para que se le contraiga el estómago.
—Pero…¿Qué estás diciendo…? —susurra, sintiendo temor de que alguien pueda llegar a escuchar.
Pero su madre no muestra preocupación alguna ni hace algún esfuerzo por suavizar su expresión.
—Sólo digo la verdad —responde en el mismo tono frío y bañado con esa amenaza velada.
Impulsada por un pánico creciente, Kirsteen se adelanta con rapidez. Rodea la cama y se planta entre Johanna y la ventana, obligándola a quitar su mirada de lo que sea que esté pasando afuera.
—¡Mamá, basta! ¿te volviste loca? —exclama, con la voz llena de nervios, pero tan firme como puede—. No hables así. Estás… estás hablando de una niña. ¿Te escuchas siquiera? ¿Sabes lo que puede pasar si alguien te escucha?
Johanna hace un ademán de desinterés con las manos, casi como si las palabr