El auto se detiene al llegar a un pequeño aparcamiento público justo en las afueras del pueblo. Apenas Franco apaga el motor, Siena suelta su cinturón y baja del auto para poder estirar las piernas con comodidad. Al bajar, el aire fresco y limpio la envuelve, cargado con el olor suave del río cercano y de flores silvestres que crecen junto al camino de la entrada.
El paisaje que se presenta frente a ella parece sacado de una postal antigua: casas de piedra color miel con techos inclinados, chimeneas delgadas y ventanas adornadas con cajas de flores; calles estrechas pavimentadas con adoquines irregulares; faroles negros que parecen sacados de otro siglo. Todo tiene ese encanto delicado y casi suspendido en el tiempo que le recuerda a Castle Combe… y, más aún, a esa dulce infancia donde pasaba los veranos y las navidades con sus abuelos en el pequeño pueblo.
Después de la muerte de sus abuelos y sus padres, no volvió a visitar el pueblo, tal vez es por ello que ante esa visión la nosta