El auto se detiene al llegar a un pequeño aparcamiento público justo en las afueras del pueblo. Apenas Franco apaga el motor, Siena suelta su cinturón y baja del auto para poder estirar las piernas con comodidad. Al bajar, el aire fresco y limpio la envuelve, cargado con el olor suave del río cercano y de flores silvestres que crecen junto al camino de la entrada.
El paisaje que se presenta frente a ella parece sacado de una postal antigua: casas de piedra color miel con techos inclinados, chim