Victoria continúa gesticulando con entusiasmo desde el asiento trasero, moviendo las manos como si reviviera el momento exacto de la explosión.
—Y entonces, Franco, ¡la lava salió disparada! —exclama con los ojos muy abiertos—. Bueno… no lava de verdad, pero sí la mezcla roja que hice con mamá. ¡Todos gritaron! La profesora Anne casi se cae para atrás de la sorpresa.
Sentada en el asiento del copiloto y observando el paisaje que se muestra a su paso, Siena escucha las palabras de Victoria y no puede evitar sonreír ante la exagerada visión con la que su hija cuenta lo ocurrido. Girando apenas el rostro, observa a Victoria brevemente para luego fijarla con disimulo en Franco. Aunque no está dispuesta a expresarlo en voz alta, observa cada ligero cambio en la expresión del pelirrojo, intentando descifrar cuánto más podría soportar la avalancha de palabras que salen de su hija. Y no es que Victoria adopte esa efusividad a propósito: simplemente su forma de ser es la de un torbellino de e