Cuando la puerta principal se abre, lo hace con un sonido suave, segundos después se cierra casi con la misma delicadeza. Dejando caer sus hombros, Siena adopta una postura relajada mientras deja caer las llaves sobre la pequeña consola de la entrada y se quita el abrigo para luego avanzar hacia el interior de la casa. La estancia se encuentra en silencio, únicamente iluminada por la tenue luz de la pequeña lámpara de mesa que su padre suele dejarle encendida cuando sabe que regresará tarde.
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