Las semanas siguientes después de la captura de Marco pasaron en un torbellino de actividad, donde el dolor del pasado empezaba a ceder paso a la esperanza del futuro. Aunque sus palabras —“Esto no ha terminado”— seguían resonando en mi mente como un presagio inquietante, no permití que el miedo me paralizara. Junto a mis padres biológicos, Ana y Carlos, y mi familia adoptiva de la mansión Castellanos, nos propusimos transformar el antiguo “Refugio de la Verdad” —un lugar que había sido símbolo