La foto de mis padres biológicos —Ana y Carlos— se aferraba a mi mano como un amuleto, sus rostros borrosos pero llenos de vida, mientras caminaba de regreso a San Miguel. El sol ya empezaba a inclinarse, teñiendo el bosque de naranja y púrpura, y la luz azulada en mis manos seguía titilando débilmente, como un recordatorio de la fuerza que había despertado en mí durante el encuentro con Marco. Cada paso me llevaba más cerca de la verdad, pero también más cerca del peligro que él representaba.