Un año después de mi boda con Alejandro, la vida había cobrado un ritmo tranquilo pero lleno de sentido. La boutique Elena contaba con tres sucursales en el país, cada una apoyando a diseñadores locales y promoviendo la moda sostenible. La fundación Pulsera de Platino había ampliado sus programas, incluyendo talleres de emprendimiento para mujeres víctimas de estafa y traición, y habíamos establecido alianzas con universidades para ofrecer becas en derecho y negocios. Alejandro y yo vivíamos en