El humo negro del sótano se había espesado, y las cartas negras en las manos de Malachar parecían pulsar con una luz tenue y lúgubre. Kael todavía sentía el eco de la ira que había apagado en el segundo círculo, pero su alma, aunque fortalecida, seguía llevando el vacío de la pieza que había perdido. Lyra seguía siendo su faro, su razón de estar ahí, en ese juego sin reglas en el corazón del infierno.
—La séptima mano nos llevará al tercer círculo —anunció Malachar, sus ojos ámbar reflejando la