Después de ser sacada del río, fui llevada a un hospital cercano junto a Luna. Mientras me envolvían en una manta húmeda, vi cómo Diego, que antes evitaba los hospitales como si fueran lugares infectados, permanecía a lado de Luna sin dudar, tocándole la mano sin guantes, hablándole con una ternura que nunca me había mostrado. Mi corazón se contrajo de dolor; las lágrimas se mezclaron con el agua que aún me mojaba el rostro.
En la habitación del hospital, mientras esperaba los resultados de las