Pasaron cinco años más desde el último viaje a Paraguay. María tenía ocho años —era una niña inteligente, valiente, con los ojos azules de Lucas y la curiosidad de mí. Nuestra vida en San Francisco había crecido aún más: la sucursal de la empresa de Lucas era ahora una de las más reconocidas en la ciudad por su trabajo honesto y su apoyo a jóvenes vulnerables; el programa de Rubén había expandido a otras ciudades de Estados Unidos, y Camila era su segunda mano, dedicándose cuerpo y alma a los n