Pasaron seis meses desde la boda. Nuestra vida en San Francisco se había vuelto una sinfonía de rutina y felicidad: yo trabajaba en el hospital de lunes a viernes, atendiendo a pacientes que llegaban de todas partes, y los fines de semana me gustaba caminar por el parque con Lucas; él continuaba gestionando la empresa de Paraguay, pero ahora los trabajadores y accionistas le tenían tanto respeto que las decisiones se tomaban con facilidad; Rubén había reducido sus viajes a zonas de guerra y se