Yo soy Ramón, y desde que la jueza dictó la sentencia, mi vida es un infierno. Perdí la custodia de Martín, tengo que pagar manutención que no puedo costear, me han puesto una orden de alejamiento de 500 metros y tengo que hacer servicio comunitario tres veces a la semana en un centro de ancianos. Mi trabajo me despidió cuando se enteraron del juicio, mis amigos me abandonaron y la familia me cerró las puertas — incluso Diego, mi propio hermano, me dijo que no quería volver a verme.
Todo lo que