Pasaron cinco años desde la boda de Kael y Elara, y la manada unida había crecido más de lo que nadie hubiera imaginado. El refugio que habían soñado se había convertido en una realidad próspera —un lugar donde omegas, betas y alfas podían vivir en paz, sin discriminación ni opresión.
Elara había dado a luz a dos hijos: una niña llamada Lyra de cuatro años, con los ojos ámbar de su padre y el cabello oscuro de su madre, y un niño llamado Theo de dos años, que era el vivo retrato de Kael cuando