TRES MESES DESPUÉS
El sol brillaba sobre la tumba blanca de mármol que llevaba mi nombre grabado en letras doradas: SOFÍA MÁRQUEZ CASTRO – AMADA ESPOSA, HIJA Y AMIGA. DESCANSA EN PAZ. Junto a ella, a pocos metros de distancia, estaba la tumba de Diego Ferrer, con una única rosa roja que alguien –probablemente Lucía, que ahora cumplía condena en un centro psiquiátrico– dejaba allí todos los sábados por la mañana. Mateo se mantenía de pie frente a mi sepultura, sosteniendo un ramo de lirios blanc