—Me encantaría poder meterte una bala entre esas desgracias cejas —gruñó Gael.
—No sé qué estás esperando.
Gael miró los oscuros ojos de Leonel.
—Baja esa pistola —comandó Leonel.
Gael tardó un par de segundos, pero bajó el arma y sonrió como si estuviese anonadado por algo en concreto.
—Vaya, Leonel el empresario que manda ha hacer las cosas a la gente. —Rió un poco—. Haré de cuentas que ninguno de tus amigos detectives está por aquí, en algún lugar de las paredes o del techo, esperando qu