Capítulo 5: Marcando la Inocencia

Capítulo 5: Marcando la Inocencia

​Kate estaba ahí, bajo mi completo dominio, convertida en un cuadro viviente de rendición. Se veía completamente indefensa e inmovilizada, un contraste exquisito contra la oscuridad del sofá. Lia, actuando como mi cómplice perfecta, le sujetaba las piernas abiertas en el aire, forzando su cuerpo a una apertura total mientras, desde atrás, devoraba su cuello con besos y lamidas hambrientas que dejaban rastros brillantes en su piel. Yo mantenía sus manos cautivas sobre su cabeza, entrelazando mis dedos con los suyos para sentir cada uno de sus temblores. Estaba tan expuesta, tan a nuestra merced, que su vulnerabilidad resultó ser el afrodisíaco más embriagador que jamás había probado.

​Sin más preámbulos, dejé que el instinto tomara el control. Tomé mi miembro y empujé hacia adentro en un solo movimiento. Fui feroz e implacable, ignorando cualquier rastro de duda. Kate soltó un grito que se quedó afónico casi al instante, un sonido desgarrador que se transformó en un jadeo rítmico. En medio de ese choque brutal de placer y dolor, su cabeza cayó hacia atrás, golpeando el respaldo, pero su vista permanecía clavada, casi hipnotizada, en el punto exacto donde nuestros cuerpos se unían. Ver mi oscuridad invadiendo su luz era una imagen que me quemaba las entrañas. Con un movimiento violento, bajé su sostén de un tirón, dejando al descubierto sus pezones rosados y perfectos, que se erizaron de inmediato ante el contacto con el aire frío. Rodeé cada uno con mi lengua, saboreando su piel, antes de succionar el centro con una desesperación que la hizo arquear la espalda.

​Lia gemía suavemente al presenciar la escena desde su posición privilegiada; sus ojos brillaban con un hambre renovada, como si estuviera alimentándose de nuestra energía. Di un pequeño mordisco en su pecho, marcándola, y comencé a embestir lentamente, disfrutando de la fricción tortuosa. Kate respiraba con dificultad, sus pulmones luchando por encontrar oxígeno mientras intentaba asimilar la sensación abrumadora de ser llenada por primera vez. Subí el ritmo, más y más, perdiendo la noción de la delicadeza hasta que sus gemidos me convirtieron en un animal. Estaba tan estrecha que me apretaba con una fuerza descomunal; cada uno de sus espasmos internos era una trampa deliciosa que amenazaba con hacerme perder el control. Era difícil moverme debido a la presión de sus paredes, pero el éxtasis de poseerla, de ser el primero en reclamar ese territorio y de tener a Lia como testigo activo, me impulsaba a ir más allá de mis propios límites.

​Mi longitud entraba y salía sin descanso, resbalando en su humedad de una manera asombrosa, creando un sonido húmedo que se volvió el único latido de la habitación. Estaba claro que Kate no podría soportar ese nivel de intensidad por mucho tiempo; sus ojos estaban en blanco y su cuerpo era una cuerda tensa a punto de romperse. Aproveché cada segundo de su resistencia. En un movimiento fluido, reemplacé las manos de Lia sobre los tobillos de Kate, asumiendo el control de su apertura, y Lia se dirigió directo a sus pechos, devorándolos con la misma urgencia que yo sentía abajo. Seguí embistiendo, ebrio de placer, mientras Lia bajaba una mano hacia el clítoris de Kate, iniciando un masaje con círculos lentos que pronto se volvieron erráticos y salvajes.

​Kate ya no solo gemía; gritaba y sollozaba al mismo tiempo, entregada a una sobrecarga sensorial que la sobrepasaba. Se aferraba con tanta fuerza a la tela del sofá que temí que sus uñas la traspasaran. De pronto, sus piernas temblaron violentamente bajo mi agarre de hierro y un chorro ardiente brotó de ella, bañando mi erección y mi abdomen en un espasmo interminable. Había llegado a su límite, su cuerpo se había rendido ante la presión, pero yo aún no estaba satisfecho.

​Me seguí moviendo con una saña casi poética, embistiendo rápido y fuerte, golpeando sus caderas con un ritmo salvaje que hacía que el sofá crujiera. El sonido de nuestra unión, crudo y sin filtros, invadía cada rincón de la sala, recordándonos que ya no había vuelta atrás.

​—Ethan, no... Ethan, para... no puedo más... —su voz se perdía entre gemidos rotos, una súplica que solo me incitaba a darle más de lo que pedía.

​Hasta que, finalmente, volvió a caer por el abismo del placer, su cuerpo colapsando bajo el mío. La solté por un momento y la reclamé con un beso posesivo, invadiendo su boca con mi lengua y saboreando el rastro de su rendición.

​Jadeando, me alejé lo suficiente para recuperar el aliento. Fue entonces cuando Lia tomó el control de la situación con una elegancia depredadora, entrelazando sus piernas con las de Kate hasta que sus centros quedaron perfectamente alineados, piel contra piel, calor contra calor.

​—Kate... ahora voy a enseñarte otra forma de placer que te va a dejar pidiendo más —le susurró Lia al oído, con una sonrisa que prometía un nuevo tipo de perdición.

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