Mis palabras fueron el encendedor que finalmente prendió la mecha en mi sangre, una mecha que llevaba años consumiéndose en la sombra. El aire en la sala de estar se sentía denso, casi sólido, cargado de un magnetismo animal que nos unía a los tres en un pacto invisible de carne y secreto. El mundo exterior había dejado de existir; solo quedábamos nosotros y este hambre compartida.
—Colóquense para mí. Ahora —gruñí. Mi voz no era una petición, era una orden que llenó cada rincón del espacio, v