Mundo ficciónIniciar sesiónCapitulo 3: El Capítulo 3: El Despertar de la Inocencia
La petición de Kate me ponía tanto que sentí un impulso primario de desgarrarla ahí mismo, de terminar con la anticipación que me había torturado durante meses. Sin embargo, Lia y yo no éramos improvisados; teníamos un plan silencioso, una coreografía de seducción que habíamos discutido con la mirada mucho antes de que la primera gota de vodka tocara nuestros labios. No queríamos solo sexo; queríamos su rendición absoluta. Desde mi posición dominante, la observé con una mezcla de hambre y orgullo. Kate se veía tan pequeña y a la vez tan radiante bajo la luz tenue de la sala. Observé cómo Lia, con esa seguridad felina que siempre la caracterizaba, le tomaba la mano con firmeza pero con una delicadeza engañosa. La guio directo hacia mi miembro, enseñándole sin palabras cómo rodearme, cómo reconocer mi anatomía, dictando un ritmo de arriba abajo que me hizo apretar los dientes. Note cómo, bajo la piel de Kate, su pulso estaba completamente desbocado; su mano temblaba ligeramente, una vibración que se transmitía directamente a mi cuerpo, recordándome lo real que era su miedo y su deseo. Lia no se detuvo ahí. Sin dejar de sujetar la mano de Kate, reforzando esa alianza entre ellas, acercó su boca a la punta. Me miró directo a los ojos, con esa chispa de malicia que solo ella poseía, y empezó a succionar. Lo hizo poco a poco, yendo cada vez más profundo, elevando el ritmo con una maestría que solo los años de conocernos le habían otorgado. Su saliva caliente y la presión constante hicieron que mi cabeza cayera hacia atrás involuntariamente; sentí cómo mis pulmones luchaban por aire y mi respiración se volvía pesada, cargada de un rastro metálico y dulce. Se separó con un sonido húmedo que resonó en el silencio del departamento y se inclinó hacia Kate. La besó profundamente, compartiéndole mi sabor, sellando el pacto entre las dos. Cuando separaron sus lenguas, ambas estaban agitadas, con los labios brillantes y la mirada perdida. Fue entonces cuando Kate, impulsada por una chispa de valentía que me sorprendió, tomó la iniciativa. Envolvió mi erección con su boca; su torpeza era evidente, iba de atrás hacia adelante con una inexperiencia que, lejos de apagar el fuego, le daba un toque de excitación insoportable. No era el movimiento en sí lo que me volvía loco, sino el contexto: la niña buena finalmente pecando. Me arrancó un par de gemidos que salieron pesados, hambrientos, más como un gruñido gutural que vibró en las paredes. En un movimiento fluido, me agaché y tiré de ella hacia adelante, dejándola sobre sus manos y rodillas en el centro de la alfombra. Lia se colocó detrás de ella de inmediato. Con una lentitud tortuosa, deslizó la tela de sus bragas blancas hacia abajo, dejando su piel pálida totalmente expuesta. En cuanto Lia empezó a acariciar esa zona sin barreras, Kate arqueó la espalda violentamente y abrió la boca en un gemido que nació desde lo más profundo de su pecho. Aproveché ese instante de abandono absoluto y, de un tirón, embestí su boca con mi dureza. Seguí embistiendo rítmicamente, marcando el territorio, mientras Lia introducía lentamente un dedo que la hizo gritar contra mí. No había vuelta atrás. Lia pronto aprovechó para incluir su boca en la fiesta, recorriendo con su lengua y sus dedos la humedad de Kate, mientras ella sollozaba fuertemente, apretando sus manos en puños que se enterraban en la alfombra bajo sus dedos. Sus piernas temblaban, invadidas por una sobrecarga sensorial que apenas comenzaba. Supe, mientras ella intentaba recuperarse de ese asalto, que era hora de enseñarle lo que estaba a punto de pasarle de verdad. Me puse de pie con un movimiento brusco, jalé a Lia hacia arriba y la besé con una urgencia que rozaba la desesperación. De un tirón, bajé las copas de su sostén, haciendo que sus pechos redondos, con los pezones ya erectos, rebotaran hacia afuera. Pesqué uno con mi boca mientras mi mano trabajaba bajo la falda de Lia en círculos frenéticos. Entonces le di la vuelta, obligándola a apoyar sus manos sobre el sillón y descubriendo su trasero al bajar sus bragas negras hasta que quedaron enredadas en una sola pierna. Me pegué a ella, sintiendo su calor, y lleno de una impaciencia que me quemaba las venas, le dije al oído: —Voy a entrar... ¿estás lista? .






