Celina estaba sentada en el suelo frío, fuera de la casa que una vez fue suya. Su cuerpo estaba allí, pero su alma parecía haber sido arrancada. Las lágrimas corrían en silencio, mojando su pálida piel.
Sus pertenencias estaban esparcidas por la acera como si fueran basura, ropa mezclada con documentos, zapatos. El viento de la noche soplaba a su alrededor, pero Celina no sentía frío. No sentía nada más que el vacío dentro de sí misma.
«No soy nada. No tengo a nadie».
Las palabras de César reso