Celina salió de la consulta del médico con las piernas temblorosas y el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Cada palabra de la ginecóloga resonaba en su mente como un martillo sobre cristal frágil:
«Un mes y tres días».
«Tenemos que programar su prenatal».
Entró en el coche casi de forma automática y cerró la puerta con fuerza. Le temblaban tanto las manos que tuvo que sujetar el volante un momento antes de arrancar. Pero, en lugar de arrancar, bajó la cabeza y apoyó la frente en el f