Thor tomó el celular e intentó llamarla. Una vez. Dos. Tres.
Sonaba, sonaba… hasta que la llamada caía al buzón de voz.
Insistió varias veces más, con la desesperación creciendo en cada llamada ignorada. Al final, abrió la pantalla de mensajes y escribió:
«Celina, por favor, contéstame. Necesitamos hablar. Llámame cuando puedas. Amor, estoy muy preocupado.»
Se detuvo. Miró la pantalla. Respiró hondo.
«¿Dónde estás? Respóndeme, por favor. Solo quiero saber si estás bien.»
Presionó “enviar” y dej