Arthur y Zoe llegaron a la mansión pasada la una de la madrugada. Zoe, apenas entró, fue directo al sofá, quitándose los zapatos con un alivio visible.
—¡Ay, no veía la hora de llegar y quitarme estos tacones! —se quejó, masajeándose los pies descalzos sobre la alfombra suave.
Arthur se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro con una sonrisa juguetona.
—Y yo no veía la hora de llegar para mimarte, mi amor —susurró al oído, repartiendo besos cari