Capítulo 85. La fortaleza olvidada.
El viejo Fiat sedán gruñía mientras subía la pendiente del camino de tierra. La caja de cambios protestaba con un chirrido metálico cada vez que Gaetano, el anciano conductor, metía segunda para negociar una curva cerrada.
Llevaban dos horas de ascenso continuo. Habían dejado atrás la costa y el olor a sal, adentrándose en el corazón geológico de Sicilia. Afuera, la noche era absoluta.
No había farolas. Solo oscuridad y las siluetas retorcidas de olivos centenarios que pasaban fugazmente bajo