Capítulo 50. El señuelo.
El teléfono de Massimo vibraba sobre su escritorio en Sicilia. El sonido sordo cruzaba la videollamada hasta el penthouse en Milán.
Renzo se inclinó sobre el escritorio de caoba. Apoyó el peso de su cuerpo en los brazos.
—Contesta, Massimo —le pidió Renzo. Su voz fue grave.—. Pon el altavoz. Mientéle en la cara. Ponle la trampa.
Massimo asintió en la pantalla. Agarró su teléfono móvil. Deslizó el dedo por el cristal. Presionó el botón de altavoz.
—Habla Massimo.
—¡Massimo! —La voz de Santoro re