Capítulo 12. Juego de máscaras.
Massimo se dejó caer en el sillón de nuevo. La explicación de las uñas era plausible. Todo era plausible. Pero su instinto le gritaba que era mentira.
“Hay dos mujeres”, pensó. “O mi esposa tiene un trastorno de personalidad múltiple, o me están viendo la cara de idiota.”
Mientras tanto, en la cocina, Diana estaba doblada sobre el fregadero, con arcadas secas.
—¿Estás bien, muchacha? —preguntó Rosa, la cocinera, mirándola con preocupación.
—Sí... solo algo me cayó mal en el desayuno —mintió Dia