—¿Eh?
—Lo compré esta mañana. El vestido. Y los zapatos. Todo… solo para ti, Sebastián —dijo con voz ronca, con los ojos verdes vidriosos.
Él no sabía si hablaba en serio o si solo estaba jugando con él. Quizás incluso le estaba mintiendo. Si era así, no quería saberlo. No ahora. Extendió la mano para acariciar los costados del corsé, delineando la forma de su figura femenina. Cuando sus manos rodearon su diminuta cintura y la apretaron, ella jadeó, temblando cuando él la soltó. Sus manos conti