El efecto fue instantáneo y humillante; el único consuelo de Sebastián era que llevaba puesto uno de sus trajes negros más informales y holgados.
Aun así, se apresuró a abotonarse la chaqueta y ocultar su humillación. Que Angela viera el estado al que lo había reducido con tanta facilidad habría sido la gota que colmó el vaso. Pero a Sebastián le quedó claro que su idea de que un simple mes lo curaría de su deseo por la alegre viuda era ridícula.
Sin embargo, ni hablar de dejarle entrever lo qu