Habían pasado cinco meses desde que la vida pareció acomodarse por fin en una calma merecida. La pancita de Agatha y la de Anna ya comenzaban a notarse con claridad, redondas y orgullosas bajo la tela de sus vestidos. Leandro y Lissandro las consentían como si fueran niñas pequeñas, atentos a cada gesto, a cada suspiro, a cualquier mínima incomodidad. Habían vivido en una paz que disfrutaban profundamente, pero jamás bajaban la guardia; la tranquilidad no significaba descuido, y ambos permanecí