Los días pasaban, y la rutina se instalaba en la mansión. Los almuerzos y cenas eran siempre de cuatro: Anna, Leandro, Lissandro y Luz. Ella trataba de acercarse a Lissandro en cada oportunidad, pero él era un muro impenetrable que solo la miraba con desdén.
Aquella tarde, mientras almorzaban, Anna cortaba la carne en su plato en pedazos demasiado grandes. Lissandro, sin pensarlo, tomó el cuchillo y empezó a ayudarla. Ambos quedaron helados cuando se dieron cuenta de lo que hacía.
Leandro apret