Mansión bajo ataque

La cocina de la mansión San Marco estaba iluminada por una luz cálida que hacia sentirla un verdadero hogar.

Anna estaba de pie junto a la encimera, preparando té.

Sus manos se movían con precisión mecánica: agua caliente, hierbas, tazas alineadas.

Respirar. Mantener la mente ocupada.

Luz estaba sentada a la mesa, con los dedos entrelazados, apretándolos con fuerza, como si así pudiera contener el miedo que le subía por el pecho.

Lucy, sentada en el sofá cercano, mecía suavemente al pequeño Sebastián, que balbuceaba ajeno al peso que flotaba en el aire desde su sillita mecedora.

Agatha no podía quedarse quieta.

Caminaba alrededor de la isla de la cocina como una fiera enjaulada.

—Si esos malditos le hacen algo a Isa… —dijo, con la voz cargada de rabia—, juro que los destriparé con mis propias manos.

Anna levantó la mirada desde las tazas.

—Tranquila —le dijo con suavidad—. Los chicos fueron por ella. No le pasará nada.

Agatha se detuvo en seco.

—Eso no lo sabes —replicó—. Nadie sabe l
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