Las horas pasaban en el despacho de Lissandro, todos los hombres buscando pistas donde podría estar Isabella.
—Aquí —dijo Joaquín de pronto, clavando la mirada en el portátil.
Todos se giraron hacia él.
En la pantalla, una imagen temblorosa de una cámara de seguridad: un muelle mal iluminado, el agua negra golpeando los pilotes, varias siluetas moviéndose con prisa.
—Michelle —añadió Joaquín—, dime… ¿esa es la ropa de Isa?
Michelle se puso de pie de golpe y se acercó casi corriendo.
La imagen avanzó unos segundos más.
Isabella aparecía claramente, empujada con brusquedad por dos hombres.
Tenía las manos atadas, el cabello revuelto, la cabeza erguida a pesar del miedo.
—Es ella… —susurró, con la voz quebrada—. Es mi Isa.
—¿Dónde es eso? —preguntó Lissandro, ya tomando las llaves.
—El muelle fiscal —respondió Joaquín — Creo que intentan llevarla a una bodega.
—Vamos —ordenó Lissandro sin dudar.
Los hombres se movieron de inmediato, armas, radios, chalecos.
Michelle avanzó con ellos.
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