El golpe resonó como un martillazo en la cabaña. El hombre no dudó: comenzó a golpear a Leandro con una violencia torpe, una rabia que no tenía límites. Leandro recibió los puñetazos en la cara y en el torso, pero se aferró a la voluntad de proteger a Anna más que a su propia carne. Cada impacto era un llamado a no rendirse.
El agresor, encendido por la furia y la impunidad, se lanzó hacia Anna con la intención clara en los ojos. La mujer retrocedió, trastabilló, y Leandro, con la boca partida