Agatha se dejó caer en su silla, agotada.
Su respiración aún no se estabilizaba del todo.
Llevó una mano al pecho, intentando convencerse de que ese temblor era solo cansancio… y no lo que realmente era.
—Idiota… —murmuró para sí, refiriéndose a Leandro, pero la sola imagen de su sonrisa volvió a estremecerla.
—Te trae loca, ¿cierto?
La voz de Lucciano la hizo pegar un salto.
Él estaba apoyado en el marco de la puerta, con una sonrisa traviesa y los brazos cruzados.
—No hables burradas —replicó