El día comenzó con una rutina diferente. Annabel estaba radiante, todavía flotando en la felicidad, desde que Lissandro la tuvo en sus brazos no había dejado de tomarla una y otra vez, quería marcar su piel a fuego con sus caricias y sus besos, no había rincón de su piel de Lissandro no hubiera devorado y marcado para él.
Ella dormía desnuda a su lado, miró su cuello y su piel clara con marcas rojizas, de la pasión animal de Lissandro. Acarició cada una de esas marcas y sonrió.
— Mía…
Se había