Las puertas del hospital se abrieron de golpe.
Lissandro entró corriendo con Anna en brazos, su rostro desencajado, la camisa empapada en sangre.
—¡Necesito ayuda! ¡Ayuda, por favor! —gritó con la voz quebrada.
Dos enfermeros corrieron hacia él con una camilla, y un médico se acercó con guantes ya puestos.
—¿Qué pasó?
—La golpearon, se golpeó la cabeza contra el pavimento —respondió Lissandro con voz ronca—. Está inconsciente, perdió mucha sangre…
—Rápido, a trauma —ordenó el doctor.
Lissandro