—Te lo dije, Bruno… —dijo Renzo con voz pausada, encendiendo un cigarrillo mientras la brasa iluminaba su rostro—. Siempre hay un eslabón débil. No puede cuidarlos a todos.
Bruno sonrió con esa mezcla de frialdad y soberbia que lo caracterizaba.
—Sí, pero este golpe fue… perfecto. —Tomó su copa y la alzó—. Directo al corazón de San Marco.
Renzo bebió despacio, mirándolo desde el otro lado de la mesa.
—Debe estar desesperado, tratando de consolar a su mujer. Dañalo a él y lo soportará… pero daña