El pequeño Sebastián.
Lucía ya estaba más repuesta, con el pequeño en brazos.
La habitación se llenó de una luz suave cuando Lissandro y Anna entraron sonrientes, trayendo flores y frutas para la nueva mamá.
—Mírenlos —dijo Anna con ternura—, parecen una postal.
Lucía sonrió, cansada pero feliz.
—Vengan, conozcan a su sobrino.
Lissandro se acercó con cuidado, asomándose sobre el bebé.
—Es precioso, Lucy. Tiene tus ojos.
—Y la sonrisa de Joaquín —agregó Anna, acariciando la cabecita del pequeño.
De pronto, se escuchó más ruido en el pasillo. La puerta se abrió de golpe y apareció Cristian, casi invisible detrás de un ramo de rosas gigante. Solo se le veían los ojos por encima de las flores.
—¡Vengo a conocer a mi sobrino! —anunció con orgullo—. Espero que le pongan Cristian. Mínimo, si voy a ser el padrino.
—En tus sueños —respondió Joaquín riendo, mientras Cristian dejaba el enorme ramo sobre el mueble.
—Merezco el derecho —insistió Cristian, cruzándose de brazos—. ¿Quién era el que iba por las frutillas p