Mientras los caballos y las vacas pastaban el viento levantaba el polvo en las praderas de la hacienda. Lancelot se despertó solo. Se incorporó lentamente en la cama y vio que Teresa no estaba. El camisón de seda que usaba anoche colgaba de la silla junto a la ventana.
Se vistió en silencio luego de darse una ducha, se cepilló en el lavamanos de metal y salió al patio donde el padre de Teresa lo esperaba junto a la camioneta vieja cargada con sacos vacíos.
—¡Vamos, muchacho! Hay que ir al puebl