Lancelot apretó los labios al escuchar la fría respuesta de Dionisio. Su corazón ardía, pero se obligó a contenerse. Dio un paso atrás, respiró hondo y, sin mirar a Xavier, regresó a su mesa.
Teresa lo siguió con la mirada, desconcertada. Apenas se sentó, ella se inclinó hacia él.
—¿Qué pasa, Lancelot? Estás pálido… ¿Ese hombre te dijo algo?
Él negó con la cabeza, forzando una sonrisa.
—Nada. Todo está bien.
Pero su voz carecía de firmeza, y ella lo notó. Sin embargo, no quiso insistir, conscie