Lancelot permaneció de pie, con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros. Sus ojos azules no se apartaban de Dionisio, quien, encogido bajo las sábanas, parecía más frágil que nunca.
—Ven aquí, Dioni… —interrumpió Xavier, arrastrando las palabras con esa sonrisa torcida aún manchada de sangre—. Dile a tu perrito guardián que no te manda. Ven conmigo y demuéstrale que no me rechazas. Solos estabas impresionado de mi.
Dionisio cerró los ojos con fuerza, las lágrimas rodando