Mundo ficciónIniciar sesión‿‿‿‿
La cena se desarrollaba en un silencio que pesaba en el aire, como cuando se espera un terremoto. Desde que Valeria regresó de la ciudad, Rafael no había pronunciado una sola palabra, pero su presencia en el comedor creaba una tensión eléctrica y pesada. El único ruido que rompía esa atmósfera era el tintineo de los cubiertos de plata al chocar con la porcelana. Valeria ni siquiera había probado la comida; cada bocado le parecía que se convertiría en ceniza al cruzar su garganta.
—Pareces distraída, querida —comentó Rafael al fin, dejando su copa de vino en la mesa con una precisión casi quirúrgica—. Casi diría que estás... en otro lugar.
—Solo estoy cansada, Rafael —respondió ella sin atrever a mirarlo—. El paseo me ha agotado más de lo que pensaba.
Rafael se levantó con calma. No regresó a su silla, sino que dio la vuelta a la mesa y se colocó detrás de Valeria. Sus manos encontraron los hombros de ella, y Valeria sintió la necesidad de encogerse. Sus dedos apretaron suavemente, como un recordatorio de quién mandaba.
—Es curioso que hables de estar cansada. Yo diría que tienes una energía inusual. Una energía que te ha llevado a hurgar en cosas que no deberías.
Un escalofrío helado recorrió la columna de Valeria. Sabía que este momento llegaría, pero no esperaba que fuera tan pronto.
—Ven conmigo —ordenó él. Eso no sonaba como una invitación.
Rafael la llevó a la biblioteca. Al entrar, Valeria vio sobre el escritorio de caoba unos recortes de periódico que había intentado ocultar. Estaban esparcidos como pruebas en un juicio, iluminados por la luz amarilla de una lámpara de banquero.
—¿Por qué, Valeria? —preguntó Rafael, su voz bajando a un tono de decepción que sonaba casi genuino—. ¿Por qué revives algo que te hizo daño? ¿Por qué desentierras la basura que tanto esfuerzo me costó limpiar para ti?
—Necesito saber la verdad, Rafael —dijo ella, dándose la vuelta para mirarlo a los ojos. Ya no tenía miedo, o al menos, no iba a permitir que él lo notara—. No puedo vivir en un mundo de sombras donde tú eres el único que tiene una linterna.
Rafael soltó una risa seca, sin siquiera un atisbo de humor. —¿La verdad? La verdad es que Bruno te usó, Valeria. Te deslumbró con sus promesas de libertad solo para llegar a la caja fuerte de tu padre. Te dejó morir por dinero. Yo fui el único que te salvó. Yo fui quien te sacó de esa miseria mientras él cruzaba la frontera con los bolsillos llenos de tu herencia.
—Él me sacó del coche —insistió Valeria, su voz temblando—. Lo recuerdo. Recuerdo sus manos...
—¡Recuerdas lo que quieres recordar! —gritó Rafael, golpeando el escritorio. Luego, respiró hondo y trató de recuperar la calma—. Pero ya que parece que tu memoria es selectiva, tal vez esto te ayude a aclarar las ideas.
Se dirigió a la caja fuerte de la biblioteca, que era mucho más moderna que la de su padre, y sacó un sobre de papel manila amarillento. Dentro había una hoja de papel doblada.
—Esta es una carta que Bruno envió a tu padre dos meses después del accidente, desde algún lugar de Centroamérica —dijo Rafael, ofreciéndosela—. Fue su último acto de crueldad.
Valeria tomó el papel. Su corazón latía con fuerza. La carta decía:
"Don Aurelio, no se moleste en buscarme. El dinero de la caja fuerte ha sido suficiente para empezar de nuevo. Siento lo de Valeria, pero ella siempre fue el medio, no el fin. Dígale que no me busque, porque para cuando lea esto, ya habré olvidado su nombre."
Valeria leyó las palabras una y otra vez. Eran puñales directos al alma. Sin embargo, algo no encajaba. Sus dedos rozaron las letras. Bruno era un chico de campo, con una educación básica pero dedicada; su letra era inclinada, algo desordenada, con las "t" largas y las "o" siempre abiertas por arriba, como si tuvieran prisa.
La letra en ese papel era perfecta, casi caligráfica, con trazos rectos y seguros. Era la letra de alguien que se toma su tiempo para construir una mentira perfecta. Era, de hecho, muy parecida a los informes que Rafael redactaba a diario.
—Esta no es su letra —susurró Valeria, alzando la vista.
Rafael entrecerró los ojos. Por un instante, su máscara se tensó, mostrando al depredador que acechaba bajo su piel. —La gente cambia bajo presión, Valeria. El remordimiento o la codicia pueden cambiar incluso la forma en que sostenemos una pluma. Acepta de una vez: él te abandonó.
Le arrebató la carta y la guardó nuevamente. —No quiero verte investigando esto. Por tu propio bien. No me obligues a tomar medidas para proteger tu salud mental que a ninguno de los dos nos gustarían.
Esa noche, Valeria se encerró en su habitación, pero no consiguió dormir. Las palabras de Rafael y la frialdad de su amenaza flotaban en el aire como humo tóxico. Se sentó en el borde de la cama, mirando hacia la ventana, preguntándose si Damián Ferrer —o Bruno— realmente estaba ahí fuera, o si todo era otra trampa elaborada por su esposo.
Cerca de la medianoche, escuchó un golpe suave, casi imperceptible, contra el cristal de su balcón. Al principio pensó que era una rama, pero el sonido se repitió: clac, clac.
Se levantó con cuidado y abrió la puerta del balcón. No había nadie en el jardín de abajo, pero en el suelo de piedra del balcón, había un pequeño paquete envuelto en papel de estraza oscuro, atado con un cordel tosco.
Con las manos temblorosas, Valeria regresó al interior y cerró las cortinas. Desató el nudo y el papel se abrió.
Dentro no había joyas ni cartas de amor. Solo había un reloj de bolsillo. Pero este no era el reloj roto que ella había encontrado en el banco de la ciudad. Este estaba impecable. La plata brillaba bajo la luz de la lámpara de noche y, al acercarlo a su oído, escuchó el tictac constante y vigoroso.
Era el reloj original de Bruno. El que él le había regalado en el granero.
Junto al reloj, había una nota escrita en un papel pequeño y arrugado. Esta vez, Valeria reconoció la caligrafía al instante. Era la letra inclinada, con las "o" abiertas y las "t" largas. La letra del hombre que la amaba.
La nota decía solo siete palabras:
"La verdad duele más que el accidente."
Valeria apretó el reloj contra su palma. El segundero avanzaba, marcando un tiempo que ya no pertenecía a Rafael. Si este era el reloj real, el que Bruno tenía aquella noche, significaba que nunca lo vendió, nunca lo perdió y nunca lo cambió por el dinero de su padre.
Si Bruno tenía el reloj, significaba que Rafael había mostrado una mentira en la biblioteca. Pero la frase de la nota la inquietaba: ¿Por qué la verdad dolería más que el accidente? ¿Qué había descubierto Bruno en estos quince años que era tan terrible como para que ella tuviera que prepararse para un dolor mayor?
Valeria miró hacia la puerta de su habitación, sabiendo que al otro lado del pasillo, Rafael dormía con la seguridad de un ganador. Lo que él no sabía era que el reloj de Valeria acababa de comenzar a marcar el tiempo, y esta vez, ella no se detendría hasta que cada una de sus mentiras quedara hecha cenizas.
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