La lluvia helada de la medianoche había dado una tregua rancia, dejando los adoquines del distrito de Le Marais brillando como una coraza de platino húmedo bajo la luz difusa de los faroles parisinos.
El aire invernal arrastraba el frío del Sena y el murmullo distante de los bulevares, pero en los callejones secundarios de la judería vieja la quietud era casi absoluta.
Era un París diferente, alejado de la opulencia fiduciaria de la Plaza Vendôme y de los balances de riesgo que se ventilaban en