La neblina pálida del amanecer de invierno comenzó a lamer los inmensos ventanales de la Torre Blackwood, tiñendo el hormigón visto y las vigas de acero estructural con un tono grisáceo, casi fúnebre.
El aire en el triplex del distrito financiero se sentía estático, pesado, saturado por el frío rancio que se filtraba desde los andenes exteriores tras la tormenta. No quedaba rastro del murmullo técnico ni del siseo de los extractores químicos que días antes daban vida a la marca.
La arena de la