El rugido del motor del deportivo negro de Alaric cortaba el estruendo de la tormenta.
Sus manos, blancas por la presión sobre el volante, guiaban el vehículo con una precisión suicida entre los charcos de la carretera norte.
Chloe, en el asiento del copiloto, lloraba en silencio, mientras que, en el asiento trasero, la atmósfera era de un frío glacial.
—Hoy has tenido un día duro de viaje, Serena —había sentenciado Alaric antes de arrancar, con una voz que no admitía réplica—. Será mejor que t